La Punteta · 4 de Maig de 2016. 19:40h.

XAVIER RIUS

Director d'e-notícies

Benditos libros

La llibreria Foix de Pont de Suert

El otro día encontré en la librería Foix de la localidad leridana de Pont de Suert -sin relación de parentesco con el periodista Lluís Foix- una reliquia de José Luis de Vilallonga (1920-2007): “Cartas desde París a mis paisanos los iberos” (1998). Una recopilación, supongo, de sus artículos periodísticos.

De hecho no fue una reliquia, fueron tres. En el mismo lote adquirí un ejemplar facísimil de “Cadaqués” de Josep Pla publicado por la editorial Juventud en 1947 y “La guerra de las Malvinas” (1983) a cargo del equipo de investigación del Sunday Times en aquellos ejemplares de Argos Vergara que se hicieron famosos durante la Transición. Ahora que TV3 ha renunciado a ser la BBC apetece leer como describían por dentro los periodistas ingleses aquel conflicto en el Atlántico Sur. Yo todavía me acuerdo de los Exocet.

Los compré sin dudarlo por 21 euros tras hurgar un buen rato, con permiso del propietario, en los estantes. Aquello parecía el cementerio de los libros olvidados de Ruiz Zafón. Quizá todavía podría haber regateado porque eran casi libros de segunda mano. Pero en un país en el que casi no lee ni dios me parece inmoral regatear.

Pero, por favor, no  se lo digan a mi mujer. Está convencida de que compro más libros de los que puedo leer. Lo que sin duda es cierto. Otros/as se lo gastan en zapatos o en bolsos, yo prefiero ejemplares. Entre otras razones porque si no los compras cuando los ves más tarde no los encuentras. Los libros son como la sal de la vida. Una descarga de adrenalina.

No hay un placer superior al de pasear por una librería. Compro libros como si tuviera que venir el fin del mundo o fueran a abandonarme en una isla desierta. Cosa que, dicho sea de paso, a més de uno ya le gustaría. Si yo fuera un faraón egipicio me llevaría libros a la tumba en vez de tesoros.

Por eso lo de Vilallonga -no confundir con Villalonga, un compañero de pupitre de Aznar que llegó a presidente de Telefónica- fue un golpe de suerte. Todavía recuerdo sus Memorias no autorizadas (2001) en tres volúmenes: “La cruda y tierna verdad”, “Otros mundos, otra vida” y “La flor y nata”.

Y que conste que al principio el personaje me pareció algo frívolo. Algo así como un jeta genial. Quizá porque las primeras informaciones que tuve de él venían estaban más relacionadas con la vida de glamour que llevaba en París o en Madrid que con su quehacer literario.

Creo que incluso alguna vez apareció en el Hola, biblia de la prensa rosa -el otro era el Lecturas- que yo ojeaba a escondidas de mi madre. Estaba perdidamente enamorada de dos estellas del papel couché: Sofia de Hasburgo y Carolina de Mónaco.

Les he perdido la pista a ambas porque ya no ojeo el Hola ni en la peluquería. Y, con el correr de los años, se habrán puesto fondonas. Pero estoy convencido de que mantienen la prestancia. José Luis de Vilallonga no desentonaba en ese mundo. Más bien al contrario.

Desde luego cambié de opinión en cuanto empecé a leerle. Resultaba ágil y descarado con la pluma. A veces un dardo envenenado. Las cartas desde París en La Vanguardia eran, salvando todas las distancias, como las sabatinas ahora de Gregorio Morán.

Por supuesto, no siempre estaba de acuerdo. Dios nos libre. Como cuando denunció una conspiración republicana a cargo de García Trevijano y cía. Creo que incluso llegó a involucrar a El Mundo. Yo nunca he creído demasiado en conspiraciones.

En las memorias hay momentos gloriosos. Como el casquete que le endosó a la que luego sería su mujer -al menos la primera- dentro de una ambulancia en las postrimería de la batalla de Teruel. En plena Guerra Civil.

O cuando explica cómo aliviaba las urgencias nocturnas por la ventana de su habitación para ahorrarse el trecho hasta el lavabo. El escape dejó una mancha indeleble en la fachada del Palacio Falguera, la megacasa familiar en Sant Feliu de Llobregat, una población cercana a Barcelona.

Una vez, en mi calidad de periodista, me tocó cubrir un acto de Esquerra Republicana en el susodicho edifico, ahora propiedad municipal, y antes de entrar traté en vano de descubrir algún indicio. Resultó en balde porque el palacio en cuestión fue pintado y rehabilitado. Pero me quedó el consuelo de imaginar la escena.

Hay otras dos: una, cuando su abuela le regalo un fajo de billetes -una cantidad desorbitada para la época- y tras guardarlo en una bota de montar se dedicó a malgastarlo noche tras noche. Sin duda una actividad obscena en las duras condiciones de la posguerra. Pero estoy convencido que con los años los echó en falta.

La segunda cuando se esposa, en la primera visita que hicieron a los suegros, le suplicó que no se lo ocurriera besar a sus padres. Una costumbre, la del contacto mejilla a mejilla, más propio de climas benignos y templados como el nuestro que de las Islas Británicas.

Esto ya no sé si lo cuenta en las memorias o se lo leí en alguna entrevista porque hablo de oídas. Pero explicaba don José Luis que en el restaurante Madrid-Barcelona de la calle Aragón, que todavía existe o existía, le contó un día a a Josep Pla que quería ser periodista y el escritor le preguntó: “¿Usted sabe quién era Vasari?”.

Desde entonces, cuando algún incauto me dice que quiere ser periodista me doy las ínfulas y repito la misma pregunta tras haberme cerciorado en Goggle. Vasari, en efecto, no es el nombre de una joyería sinó el de un arquitecto italiano del Medioevo que ha pasado a la posteridad más por su historia del Renacimiento que por sus obras arquitectónicas.

Yo no sé que tendrán los libros, pero no deja de ser curioso que necesitemos tantas calorías al día para vivir -los dietistas calculan que entre 2.500 y 3.500, según el peso, el sexo y el esfuerzo físico- y en cambio nadie piense en las palabras. Benditos libros.

 

Xavier Rius es director del digital catalán e-notícies

Web personal

11 Comentaris

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#9 Pere Pau \\*//, Can Pixa a Can Vies, Bicis assassines., 06/05/2016 - 13:47

Ja que repassa els Vilallonga i Villalonga, trobo que s'ha oblidat potser el més important d'ells, al menys per la literatura catalana, en Llorenç Villalonga. També he llegit i m'he divertit amb marquès de Castellvell, però sempre m'han arribat més els catalans, el mateix dels articles en català.

#8 Manolo, Barcelona, 06/05/2016 - 13:32

Totalmente de acuerdo

Leí en su día el libro y me reí de sus andanzas con la primera esposa inglesa que creo que era enfermera

Sus últimos años, también fueron curiosos, con problemas matrimoniales, familiares y con presuntos cuernos

De todas maneras, siempre me pareció un personaje "peculiar"

#7 Alfons Maristany, BCN, 06/05/2016 - 09:15

Amen, Rius , Amen

#6 Jorge de Saja, Madrid, 05/05/2016 - 22:56

Una editorial yn poco desordenada pero entretenida y escrita como divertimento para el autor. Es refrescante leer algo q no sea sobre el dichoso proces y sus surrealismo varios. Gracias por la variación

#5 pepe., andorra, 05/05/2016 - 22:18

me parecer q menospreciar a Vasari no ha sido su intencion, el corredor q pasa por encima del rio de palacio a palacio o sus pinturas en el santa maria del Fiore, son maravillosas, lo q pasa q las comparaciones, son odiosas... Y mas si lo comparamos con sus antecesores.