La Punteta · 26 d'Agost de 2016. 13:01h.

XAVIER RIUS

Director d'e-notícies

Sobre libros y mujeres

Leyendo en el Museo Trotski, de Coyoacán (México D.F.)

Mi amigo Richard -un suizo casado con una catalana de Igualada- y yo estamos convencidos de que somos de la última generación de lectores. A él sus sobrinos lo ven como un bicho raro porque siempre lo pillan con un libro en las manos. Ya saben: ese especie de objeto diabólico en creciente desuso.

Es cierto que no vamos coordinados. Este verano le ha dado por los anglosajones: Jack London, Mark Twain i Charles Dickens. A mí por biografías de santos como la de Stalin de Martin Amis o la de Himmler de Peter Longerich, entre otras obsesiones.

Pero creo que ni él ni yo hemos conseguido transmitir el placer de la lectura a nuestros hijos. Peor: ni siquiera lo han adquirido. No se crean. No son malos estudiante. Simplemente no podemos competir con lo que yo denomino la cultura del electrón en el caso de que el electrón sea cultura.

El último ejemplo es el Pokémon Go. Soy incapaz de entender que les vuelve locos. Me resultan más excitantes las andanzas de Anna Karenina. Aunque reconozco que soy ya de otra generación. Incluso era malo con los marcianitos, el primer videojuego de mi adolescencia. Ni siquiera descollé al futbolín.

¿Pero cómo van a leer libros si tampoco leen periódicos? Hagan un experimento científico: pónganse a primera hora de la mañana en la plaza más céntrica de su localidad -en Barcelona, la Plaza Catalunya- y cuenten las personas que van con un diario bajo el brazo.

Que no sea gratuito, deportivo tras un día de partido o regalado en una promoción o una subvención encubierta. Yo vi un día a un hombre en la sesentena -gafas bifocales, melena gris- con La Vanguardia bajo el brazo y casi le doy un abrazo.

Sospecho que no leen ni comics. En mi época era un proceso natural como el río que va a dar a la mar: empezabas por Astérix o Tintín y acabas leyendo La expedición de la Kon-tiki o Acali, el primer tocho que me zampé. En mi caso me salté las aventuras de Enid Blyton.

Hace años intené combatir la dictadura del electrón -vamos a dejarlo en dictadura mas que en cultura- y me empeñé en leerles a mis hijos algún clásico a la hora de acostarse. No crean, ni tan siquiera elegí el Ulises o la madalena de Proust. Empecé -y acabé- por La Isla del Tesoro.

Pensé que un libro de aventuras era ideal para despertarles el gusanillo. Pero fue una batalla perdida de antemano. No pudimos pasar de la página 86. Ni tan sólo había zarpado el barco en busca del tesoro.

Ahora el tiempo pasa más de prisa. En quince minutos pueden matar a Fidel Castro o invadir Irak. Sí ya sé que los juegos de la Play van por edades. No importa: hecha la ley, hecha la trampa. Si no juegan en casa juegan en casa de un amigo.

Imposible competir con el tableto de las ametralladors y explosiones tan reales -y tan inofensivas. Para mí que algunos jóvenes se han ido a hacer la mili a Siria -convicciones religiosas a parte- porque creen que la guerra es como la de la pantalla.

Claro que quizás no todo está perdido. El otro día fui a mi librería preferida de l’Hospitalet de l’Infant -no hay otra- y había una chica de 19 años, Laura, de Gavà, estudiante de biología, que creo que se llevaba La cocinera de Himmler.

La sometí a un breve interrogatorio en plan Truman Capote y le pregunté a bocajarro -en presencia de la propietaria, no malpiensen-:

- ¿Cuál es el secreto?
- Mis padres siempre han leído mucho.

Habré sido un mal padre porque libros en casa tampoco han faltado. Para agravar mis remordimientos, entró luego un hombre de Zaragoza -con dos chicos de 9 y 11 años- preguntando por libros en inglés y en francés!.

Resulta que el mayor hacia Ciencias como asignatura troncal en inglés. ¿En Catalunya no estábamos tan avanzados en ésto de los idiomas?. A ver si, al final, los de Ciudadanos van a tener razón.

La librera en cuestión -que soporta con paciencia que yo hurgue en los estantes cada verano a la búsqueda de alguna reliquia olvidada- me comentó que este invierno ha sido duro. No por el mistral, que también -el viento del nordoeste que azota estas costas- sino porque parece que les élites culturales también están perdiendo el hábito de la lectura.

La pregunta, en este caso, resulta escalofriante: ¿Vale la pena tener una librería para vender tres libros al día o incluso ninguno?. Antes le robábamos horas al sueño, ahora parece que las redes socialies e internet se lo roban al leer.

Felizmente le dio un vuelco el corazón cuando unos estudiantes gallegos, parece ser que del Instituto Alvaro Cunqueiro de Vigo, estuvieron una semana de viaje de fin de curso en la localidad y entraron hasta en tres ocasiones en su establecimiento. Hasta se miraron los clásicos para regalar.

En fin, quizá todavía haya esperanzas, hace unos días vi un hombre en la palya con un ejemplar de Anagrama, aquél con las míticas tapas amarillas. Y a una mujer con el Victus de Sánchez Piñol. Mayoritariamente era gente de mediana edad.

Hace poco, en Barcelona, me topé con una chica que iba leyendo por la calle. Alcance a observar la portada: era un libro de Anna Rice. No podía parar de leer. Que espectáculo más fascinante. Aunque yo, ya me perdonarán, soy hetero. Quizá haya algo también de pulsión erótica.

Pero me parecer superior incluso a ver una mujer maquillándose en el transporte público. Yo he visto mujeres en los autobuses de dos pisos de Dublín pintándose los ojos o los labios con pulso firme pese a los apretones del tráfico.

La última vez que vi un espectáculo similar fue hace dos años en el Museo Trotski de México -que es la foto que ilustra este artículo- aunque luego resultó que había truco porque era poeta. Da igual.

Es curioso porque los expertos en nutrición dicen que, para vivir, necesitamos entre 2.500 y 3.500 calorías al día dependiendo de la constitución y el consumo de energía.

En cambio, yo no podría vivir sin ellas. Desde luego, no alimenta lo mismo un nombre que un simple artículo pero todas son necesarias. Hasta el último pronombre.Y parece que se están muriendo víctimas de una epidemia global.

 

 

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21 Comentaris

#11 Alejandro, Barcelona, 28/08/2016 - 11:27

2) el gustazo de tenerlo, contemplarlos y releerlos pasado un tiempo.Pocas cosas te hacen disfrutar tanto como meterte entre sus páginas y vivir las vivencias, los descubrimientos de sus protagonistas o del científico que descubre cosas beneficiosas para la humanidad. Es una gozada pasar las páginas

#10 Alejandro, Barcelona, 28/08/2016 - 11:21

En mi caso yo no encontré a los libros sino que los libros me encontraron a mi y desde entonces mantenemos una amistad muy estrecha y esa misma amistad la he hecho extensible a mi hijo, aunque más a mi hija.los amigos me dicen que no gaste que los saque de la bibliot. pero no puedo remediar el

#9 A., Barcelona, 28/08/2016 - 00:13

A vegades un adquireix l hàbit de la lectura per circumstàncies estranyes. En el meu cas de petit el meu pare quasi sempre era fora per feina i la meva mare diguem que no estava gaire fina del cap i ens feia la vida complicada. Vaig dedicar-me a llegir llibres per fugir d'aquella realitat.

#8 AMADEO SOTO CORTES, Barcelona, 26/08/2016 - 20:09

Y he hecho lo propio con los míos, no me puedo quejar de sus notas académicas, aunque no son grandes lectores y sus gustos no son los míos.

#7 AMADEO SOTO CORTES, Barcelona, 26/08/2016 - 20:07

A veces es mejor siendo pequeños explicarles historias de un libro o película, despierta más su interés, que es lo importante.
Yo recuerdo haber contado un verano, al hijo de un amigo la historia de Robinson Crusoe.

#7.1 josep soler llebaria, el de Sanes, 27/08/2016 - 19:58

Amadeo, yo soy padre y lector empedernido, y no consigo transmitir mi afición a mis hijos. Precisamente pensé en Robinson Crusoe porque la historia es fascinante, pero descubrí que intentarlo leer directamente, para el gusto actual, es muy pesado, y tiré la toalla.