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La Punteta · 26 de Maig de 2020. 08:55h.

BERNARDO FERNÁNDEZ

Bernardo Fernández

Absurdo y contraproducente

En política, la geometría variable debe hacerse con el mismo esmero que se hace el encaje de bolillos. Utilizada en dosis adecuadas acostumbra a generar importantes beneficios. Sin embargo, usada sin mesura puede resultar perniciosa y ocasionar graves daños colaterales que pueden afectar seriamente a la salud democrática y la credibilidad de quien la utiliza. Y eso es lo que le ocurrió al Gobierno de coalición que preside Pedro Sánchez en el pleno del Congreso del pasado 20 M.

La exigua y, sobre todo, volátil mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno de Sánchez exige que desde Unidas Podemos, pero sobre todo desde el PSOE, por ser el grupo mayoritario, tengan que estar en permanente tensión, hacer cabriolas en el alambre y buscar alianzas a diestro y siniestro, para ganar las votaciones que plantean las iniciativas del Ejecutivo.

El martes 19 de mayo, en la Moncloa no tenían nada claro que Ciudadanos acabase votando la nueva prórroga del estado de alarma que se iba a presentar a votación en el Congreso al día siguiente, 20 de mayo. Por eso, los socialistas forzaron la máquina para que los grupos parlamentarios (PSOE, UP y EH Bildu) llegaran a un acuerdo y cubrir así el posible desaire de la formación naranja. Con la abstención de los independentistas vascos se cubría el expediente. Estos, por su parte, vieron la ocasión para colgarse la medalla de forzar la derogación integra de la reforma laboral del PP y otros logros para Navarra y Euskadi, como, por ejemplo, suavizar la regla de gasto y ampliar la capacidad de endeudamiento de esas comunidades y de sus entidades locales y forales.

El acuerdo puede gustar más o menos (a mí no me gusta nada, pero esa no es la cuestión). La cuestión es que el pacto se mantuvo en secreto hasta que el Ejecutivo logró el apoyo de PNV y Ciudadanos y, por lo tanto, los cinco votos de Bildu eran irrelevantes; pero es que además se hizo público una vez acabado el pleno. Después vino el culebrón, los dimes y diretes, donde dije digo, digo Diego, las rectificaciones y los desmentidos. En definitiva, todo el sainete que tanto daño hace a la credibilidad de la política.

El pacto, por desconocido e insólito, sacudió tanto a buena parte del Gobierno como a la mayoría de los barones del PSOE. El asunto no es menor porque lo que se ha puesto en cuestión es la fiabilidad del Gobierno y a sus principales apoyos parlamentarios, encabezados por Adriana Lastra y Pablo Echenique. En consecuencia, es necesario que alguien asuma responsabilidades, pida disculpas y haga las maletas. Y esto, que es muy duro, es conveniente para recuperar la imagen compacta de un Ejecutivo, en estos momentos, fragmentado y débil.

Afortunadamente, entre ese marasmo de confusión emergió la figura de la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, que poniendo sentido común forzó la rectificación del acuerdo, y eso llevó un poco de tranquilidad a las revueltas aguas de los agentes sociales, mientras que los empresarios amenazaban con dar por roto el diálogo social.

La vicepresidenta aprovechó que el día siguiente del fiasco, intervenía, mediante video conferencia, en un acto del Cercle d’Economía para marcar diferencias con el vicepresidente Pablo Iglesias y manifestar con rotundidad que con la derogación inmediata de la reforma laboral “Nos enfrentaríamos a la mayor recesión de nuestra historia. Con esa realidad, sería absurdo y contraproducente abrir un debate sobre esta materia”. En ese acto, también participaba el vicepresidente de la Comisión Europea Valdis Dombrovskis, así el mensaje tenía doble recorrido: hacia dentro y hacia afuera.

En ese papel de apagafuegos, Calviño se puso en contacto con el líder de la patronal, Antonio Garamendi, para apaciguar los ánimos y que todo vuelva a la normalidad a la mayor brevedad posible. De momento, lo que la vicepresidenta ha conseguido es que no se dinamite el diálogo social que en la situación en que nos encontramos es más necesario que nunca. Por lo tanto, eso, per se, es todo un éxito.

El politólogo Fernando Vallespín en un artículo publicado en El País (20/05/20) afirma que: “…Calviño tiene el perfil de quien guiado por la ética de la responsabilidad sabe que los problemas no se resuelven aplicando las conclusiones de un seminario de teoría política…” Y añade:” …No es momento de confrontación ideológica sino de remangarse para sacar adelante la economía del país…” Perfecto.

Ahora es el Gobierno el que debe arremangarse, aparcar discrepancias y recuperar la cohesión interna.  Ha de enviar mensajes claros de empatía y complicidad para recuperar la confianza que perdió al pactar (y de la manera que lo hizo) con los independentistas vascos. PNV, sindicatos y empresarios han de percibir señales claras de que hechos como el sucedido no volverán a ocurrir.

El fino jarrón de porcelana china que es el diálogo social ha quedado hecho añicos al caerse al suelo tras una maniobra imprudente. Por consiguiente, habrá que recuperar todas las piezas y recolocarlas del mejor modo posible para que la pieza vuelva a lucir en un lugar privilegiado de la estantería institucional del Ejecutivo.

Todo el mundo se puede equivocar. Ahora hay que demostrar que se ha aprendido la lección y que algo asó no volverá a ocurrir.

 

Bernardo Fernández

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3 Comentaris

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#3 Juan Jose García, Cunit, 29/05/2020 - 22:54

Una vez más,la realidad es mucho peor de lo que Vd está dispuesto a aceptar.La próxima parada,Caos.

#2 Juan , Barna, 26/05/2020 - 17:39

Buen análisis de Fernández, no están los tiempos para hacer experimentos: Menos mal que Calviño puso sentido común y dio marcha atrás. Iglesias se la ha envainado. Como no podía ser de otra manera.
Lo de Bildu era una aberración

#1 Perico, Matadepera, 26/05/2020 - 11:44

"[Calviño] forzó la rectificación del acuerdo": un acuerdo a tres partes se rectifica o se anula por acuerdo de las tres partes -lo que no se ha producido-, pero no se rectifica unilateralmente. En todo caso se incumple unilateralmente. Despachar este asunto con un "todo el mundo se puede equivocar" me parece el colmo del eufemismo.