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La Punteta · 22 de Febrer de 2021. 09:41h.

RAFAEL ELÍAS

Crítica de “Aldarulls” (Serie de TV)

Tras la soberbia Prusés, la TV catalana vuelve a sorprendernos sacándose de la manga una nueva producción: Aldarulls. Se trata de una ambiciosa serie que ha empezado a emitirse en franja horaria vespertina, viniendo a ocupar el prime time de la parrilla. Viejos enemigos y nuevas caras conforman un estreno que ha asombrado a propios y extraños en su impactante primera temporada, sobrada de fuerza y acción. Ante el éxito de audiencia, otras televisiones autonómicas han adquirido ya los derechos de la serie y están empezando a emitirla.

(SPOILER: El resto de la crítica puede desvelar partes de la trama)

El protagonista de Aldarulls prácticamente no aparece —sólo al principio, en la ya famosa escena de su detención e inmediato ingreso en prisión—, y ése es uno de los grandes aciertos de la serie, se trata de un personaje acerca del cual el espectador apenas sabe nada, y es a medida que avanza la historia que se irán despejando incógnitas del mismo, mediante la técnica del flashback, mostrando antecedentes —numerosos— del sujeto.

La trama sigue el modelo del falso culpable. Aquí los guionistas tiran de oficio para intentar que el televidente empatice con el protagonista: la culpa no será suya, él es una víctima más, un ciudadano aplastado por un inmenso poder emanante de un entorno maquiavélico cuyo epicentro adoptará la forma del Estado mismo. Aparece aquí el primer componente kafkiano: cualquier acto o decisión humana contra esas implacables fuerzas devendrá inoperante en su totalidad. Así, los poderes del Estado irán tejiendo alrededor del protagonista una pegajosa telaraña de la cual no podrá sustraerse, siendo todo intento en vano. Nuevamente, resulta casi obligado citar las similitudes con el personaje de K. en las novelas El castillo o El proceso (ojo, no confundir esta última con Prusés, la serie televisiva, ya citada).

En esta lucha, el protagonista no estará solo; contará con la inestimable ayuda de partidos políticos, con responsabilidades de Gobierno, que alentarán las guerrillas —paradoja sagaz, el Estado luchando contra sí mismo y pretendiendo su autodestrucción—. Así, estas formaciones políticas movilizarán simpatizantes que, siendo víctimas también de un modelo de sociedad sumido en la decadencia burguesa y patriarcal, alimentarán en su conjunto una suerte de revolución urbana —se repite aquí el exitoso esquema de Prusés, pero potenciando el componente violento que sólo asomaba en aquélla—, para intentar la liberación del protagonista. Esta revuelta de una parte de la ciudadanía se concretará a la postre en lo que da título a la serie, es decir, los aldarulls*.

Lo cual nos lleva ineludiblemente a reseñar los lastres que arrastra el guion. Por una parte, el uso indiscriminado y gratuito de la violencia. Que nadie se llame a engaño, Aldarulls es una serie muy violenta. A su lado, los Peaky Blinders parecen las Hermanitas de la Caridad. Por otra parte, el excesivo maniqueísmo: el Estado se muestra como un ente fascista y totalitario —otra vez Prusés— y la Policía es malvada; en cambio, los Bomberos son presentados como seres bondadosos y el protagonista es un incomprendido. Algunos críticos han apuntado también la excesiva repetición fáctica, sin apenas giros en la trama ni evolución psicológica de los personajes, lo que conlleva cierta previsibilidad argumental.

Mencionar también los guiños de la TV catalana a los compatriotas valencianos de los Països Catalans, en forma de homenaje a las Fallas, que adquieren en Aldarulls un nuevo y mejorado matiz: los que prenderán en llamas no serán los ninots, elementos al fin y al cabo fantasiosos y modelados a tal efecto en talleres, sino objetos reales y cotidianos de nuestras calles, como los contenedores de basura, componiendo así una sutil metáfora acerca de la necesidad imperiosa de echar al fuego los sobrantes y desechos del infierno neoliberal como primer paso para alcanzar la plena libertad de expresión del paraíso bolchevique.

A fecha de hoy se desconoce si habrá más temporadas de Aldarulls. En cualquier caso, los proveedores de la serie han garantizado el suministro de contenedores, en su versión plástica, más susceptible a la acción ígnea que la metálica.

En definitiva, pulgares arriba —con reservas— para esta producción catalana que ha llegado casi de tapadillo y sin las fastuosas campañas publicitarias previas de Prusés.

PUNTUACIÓN: 7,5

 

*Aldarulls: alborotos, barullos.

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