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La Punteta · 17 de Març de 2020. 13:34h.

JOSÉ GONZÁLEZ

Crónica confinada en una columna (1)

Esperando estábamos al meteorito que no acababa de caer y que tanto nos merecíamos y, cáspita, nos llegó un virus que parece una suerte de invasión de marcianos enanos y cabrones. Anda el personal entre asustado y alelado como si fuéramos a ser colonizados por el COVID-19, por cierto identificado como CoV-2 en Cataluña. Que para eso los publicistas de la secta amarilla echan su meada terminológica con la propaganda tribal que manejan. Bien pensado, esta vez es toda una cagada y no una simple meada.

No es pequeño el susto y desánimo que se lleva uno cuando repara en la quebradiza grandeza de todo el tinglado de la actividad humana. Ahora lo estamos viendo. Pero no voy a filosofar más porque no se nos permite esa actividad a los confinados anónimos, según la literalidad del decreto y no quiero multas por hacer el primo o ir de listo. O sea que vamos a lo acostumbrado: a una crónica que esta vez quedara confinada en 600 palabras.

Que lo primero es la salud y que aquí se tardó mucho en ponerse serios no dice ni mucho ni bueno (ni nuevo que es lo peor) de este gobierno. Qué otra cosa puede esperarse si el mismo vicepresidente Iglesias se salta al segundo día su cuarentena -olé por él y su revolución sanitaria- para ir a toserle al presidente, entiéndase esto con generosidad polisémica, en el consejo de ministros donde se debate el decreto del estado de alarma. Estoy cada vez más convencido de que este país pervive solo por la torpe, aunque persistente, voluntad de destrozarlo desde el poder político de turno. Por esa autolesión continuada se han generado en la población unos poderosos anticuerpos que luchan contra la maldad y la idiotez y eso nos salva, aunque sea de momento.

A ver si esta vez vamos todos a una (Mecano et al.,1988)  y hacemos algo aunque sea por el interés del que quiere a Andrés. Que los reyezuelos de algunas taifas hispánicas contemporáneas, singularmente Torra y Urkullu, se olviden de su zambomba reivindicativa e insolidaria, que Pedro Sánchez no mienta y se ancle a la realidad, que Iglesias no conspire ni prepare brebajes del paleolítico para problemas modernos, que la clase política con mando en plaza, en sentido extenso, se deje aconsejar por científicos independientes y no por sus asesores habituales a sueldo, magos en urnas y encantamientos televisivos, inútiles en esta tesitura. Mucho pido para la que está cayendo.

Reconozco mi desazón en este raro escenario porque no es este un país para retos donde se requiera unidad de acción y coordinación. Es más, aquí ya son legión los que ni creen pertenecer al mismo país. Pero es este también un lugar donde individuos aislados consiguen, a veces y contra todo pronóstico, logros notables. Somos capaces de contagiarnos todos y de encontrar la vacuna y todo a la vez por decirlo claramente. Lo peor de la epidemia está por llegar, dicen los augures, en días próximos. Dicen que las cifras de enfermos graves y de fallecidos pueden ser terribles, sobre todo si el sistema hospitalario queda desbordado como ha ocurrido en la vecina y hermana Italia.

Aquí necesitaremos un golpe de suerte para complementar la responsabilidad de todos, políticos y ciudadanos, de la que vamos justitos. Con el estado de alarma y el confinamiento nos ponemos a prueba como lo que no parecemos ser, un pueblo unido y orgulloso de serlo. Justamente lo que debemos ser ahora y siempre. Cuídense mucho, abúrranse poco y cada uno en su celda hasta nueva orden.

 

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