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La Punteta · 27 de Març de 2019. 16:25h.

XAVIER RIUS

Director d'e-notícies

El genocidio catalán

 

Ha bastado apenas un tuit para darme cuenta del nivel de la izquierda en este país.

O al menos de Podemos.

Lo descubrí por pura casualidad. Estaba navegando por las redes y topé con éste:

 

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Cliqué en el perfil y quedé patidifuso.

Era Ione Belarra, la portavoz adjunta en el Congreso. Diputada por Navarra.

Porque, una de dos, si hay que restaurar “a las víctimas” la cosa está difícil. Murieron hace quinientos años.

Y si hay que indemnizar a sus descendientes son más de 600 millones de habitantes aproximadamente.

Habrá que hipotecar incluso la casa de Galapagar.

No deja de ser curioso que el presidente de México tenga mejores relaciones con Donald Trump que con Pedro Sánchez, que fue uno de sus valedores internacionales.

Me recuerda un poco la Alianza de Civilizaciones de Zapatero, que tan buenos resultados obtuvo. Sobre todo con Turquía. Una democracia ejemplar :)

Sin olvidar los elogios que le dedicó a su homólogo norteamericano en julio del año pasado: “Me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito".

"Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante”, añadió.

No sé si los de Podemos acogieron estas declaraciones con idéntico entusiasmo.

Ya puestos, como me recordaba una amable lectora en twitter, López Obrador podría haber pedido al Tío Sam la devolución de los territorios perdidos tras la guerra de 1846-1848

Mas de un tercio del territorio: Los futuros estados California, Texas, Arizona, Nuevo México entre otros. Los americanos llegaron a plantarse en la capital.

Una herida nunca superada. En México tienen el siguiente dicho: “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Alemania intentó aprovecharlo en la I Guerrra Mundial y alentó a México para que declarara la guerra a los Estados Unidos.

El famoso telegrama Zimmermann en honor al ministro de Asuntos Exteriores germano. Vaya patinazo.

Interceptado por los servicios secretos británicos fue convenientemente filtrado a la opinión pública y aceleró a la postre la entrada en guerra de Estados Unidos. Y a la larga la derrota de Alemania.

En fin, desde mi admiración personal por este país -en el que he estado varias veces- sólo aclarar que Cortés no hubiera culminado la conquista sin la contribución decisiva de los totonacas y los tlxacaltecas, tribus que estaban hasta el gorro de los aztecas. Especialmente de las sacrificios humanos.

Los imperios no se hunden sólos. Con frecuencia ayudan factores internos.

Ni que decir tampoco que, en caso de ser genocidio, no fue el único de la historia.

El historiador norteamericano Matthew White -que estuvo ejerciendo de bibliotecario durante veinte años- publicó en el 2012 una recopilación de todos los habidos.

Le salió en inglés un volumen de más de 600 páginas: Atrocitology (Cannongate). Hay traducción al castellano de Crítica con el título más pomposo de El Libro Negro de la Humanidad.

En mi modesta opinión, lo de México no fue genocidio, fue más bien conquista.

Para definirlo como genocidio tiene que haber voluntad expresa no sólo de aniquiliar completamente al enemigo sino de hacerlo también con todos los recursos disponibles al alcance.

El Holocausto es el ejemplo más trágicamente paradigmático. Aquello fue un asesinato en cadena. Con métodos industriales.

O Armenia, por la intención de acabar con todo un pueblo. Aunque, en esta materia, Stalin fue también un alumno aventajado entre ucranianos, cosacos, tártaros y otros pueblos de la extinta URSS.

Precisamente, una de las cuestión que siempre me ha interesado es: ¿Cómo es que los anglosajones llegaron un siglo más tarde al continente americano -1620 si tomamos como fecha la llegada del Mayflower- y en cambio Estados Unidos es una superpotencia mientras que América Latina ha tenido una historia turbulenta?

Probablemente influye el hecho de que los indios americanos sufrieron un destino todavía más incierto que los indios de América del Sur.

Recordar, por ejemplo, que Andrew Jackson - el séptimo presidente de los EE.UU.- limpió Florida y otros estados sureños de chicksaw, choctaw, creek, seminola y cheroqui con la Indian Removal Act de 1830, que obligaba a los indios a trasladarse más allá del Mississippi .

Los cheroquis habían recurrido hasta el Tribunal Supremo. ¡Y ganaron! Pero Jackson se pasó la sentencia por el forro. La marcha de la muerte es conocida como el camino de las lágrimas porque murió alrededor de un cuarto de la población.

Por otra parte, la esclavitud no fue abolida en Estados Unidos hasta 1863 con la Proclamación de Emancipación de Lincoln.

De hecho, los negros eran considerados hasta entonces -al menos en los estados del Sur- como subhumanos, lo mismo que los judíos con los nazis.

Y, como se sabe, la minoría negra todavía reclamaba sus derechos en los años 50.

Además, entre el fin de la Guerra de Secesión (1865) y el ascenaso del nazismo al poder (1933) apenas hay un margen de una setentena de años.

Tengo al respecto otro libro en espera -éste a cargo del profesor de Yale James Q. Whitman- que lleva por título precisamente: Hitler’s American Model. The United States and the Making of Nazi Race Law (Princeton University Press, 2017).

Todo ello dicho con un profundo respeto -incluso admiración- por los Estados Unidos: el único país que hizo una revolución que no acabó en dictadura -no como la rusa, la cubana o la iraniana- y que nunca ha sufrido un golpe de estado.

Incluso la revolución inglesa o la francesa terminaron en períodos autoritarios: la primera con Cromwell de Lord Protector. La segunda con Napoleón de emperador.

Los EE.UU. consiguieron también superar el Crack del 29 desde la democracia -la política del New Deal de Roosevelt- sin caer en tentaciones totalitarias.

No se puede decir lo mismo de Europa. No sólo vio aparecer el nazismo, el fascismo o el franquismo sino también regímenes autoritarios como la Polonia de Pilsudski -padre de la patria-  o la Austria de Dollfuss.

Ni que decir tampoco que en Catalunya la propuesta de López Obrador de que España pida perdón ha sido acogida con júbilo en sectores independentistas.

En el diario Ara, el más próximo a ERC, se han apresurado a dedicarle un editorial en el que afirman que la llegada de los conquistadores españoles "causó la muerte de una parte muy importante de la población indígena (algunos estudios la cifran en un 80%)" y que "es un hecho histórico incuestionable y no una fake news”.

También hablan de “cataclismo de dimensiones desconocidas” mientras que atribuyen la reacción española a “un nacionalismo furibundo y rancio”. Cualquier motivo es bueno para echar mierda el vecino.

Porque, como saben, los catalanes siempre hemos ido por la historia de buenos. Ahí dónde llegábamos nos tiraban flores.

La conquista del Reino de Mallorca por Jaume I (1229-1231) fue un camino de rosas. Entró a sangre y fuego, que es como entonces se hacían las guerras. Y me temo que continúan haciéndose.

Mientras que L’Alguer, un enclave en la isla de Cerdeña al que van o iban indepes nostálgicos de los Països Catalans -creo que suprimieron el vuelo de Ryanair- fue en realidad una de las primeras limpiezas étnicas de la historia.

En 1354 fue repoblada sólo con catalanes tras vencer en una batalla durante una de esas guerras periódicas con los genoveses por el control del Mediterráneo occidental. Por eso se habla catalán.

Y los almogávares, unos mercenarios a los que el rey Jaume II se sacó de encima en cuanto completó la conquista de Sicilia, me temo que los griegos todavía los recuerdan de su paso por esos lares. Y no para bien.

Creo que a los niños, para asustarles, en vez de decirles que viene el hombre del saco les dicen que vienen los catalanes.

Los almogávares, por cierto, utilizaban como grito de guerra el “Desperta, ferro” (“Despierta hierro”) que, paradójicamente, es casi el mismo que utiliza esa almogávar de las ondas que es Mónica Terribas: “Desperta, Catalunya” (“Despierta, Catalunya)”.

Todavía me rio de su intervención en Salvados. La pillaron con las manos en la masa. Ni siquiera se atrevió a reconocer que nos han engañado. Que nos han engañado y que ella también nos ha engañado.

Cada doce de octubre, cuando unos centenares de antisistema y CDR se manifiestan por las calles de Barcelona al grito de “Hispanidad es genocidio” siempre pienso que los catalanes no estamos exentos de responsabilidad.

Aunque, en la Catalunya que nos está dejando el proceso, pensarlo es casi una herejía.

 

 

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28 Comentaris

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#26 Amadeo, Barcelona, 13/04/2019 - 20:40

Podrían pedir perdón por todas las muertes por patrullas autónomas que no pudo o no supo evitar el gobierno de ERC, en la guerra civil en Cataluña. El enemigo de mi enemigo es mi amigo, es un dicho árabe, y todos sabemos como les van a los países árabes.

#25 Pepa Alemany, Barcelona, 12/04/2019 - 23:54

Nomes recordar a catalans negreros com Antoni Lopez i el seu capellà de capçelera Mn Cinto Verdaguer.
I el que encara canten a Cuba: "Dijo el negro llorando ay madre quien fuera blanco aunqué fuera catalan"

#24 Pere Ardevol, Riells i Viabrea , 12/04/2019 - 07:55

El "holocausto" que mencionas, también está en cuestión.
Las "fake news" existen desde hace mucho tiempo.
Ah, pero dar voz y estudiar a los historiadores revisionistas y disidentes, entiendo que es complicado.
Ya cerraron la Europa de calle Seneca, y cuesta un poco más, acceder a esas otras versiones.

#23 LuisAlb, ZGZ, 31/03/2019 - 12:07

Otro dato curioso: cuando en abril de 1898 USA declara la guerra a España, al llegar la noticia al Teatre del Lliceu, donde se interpretaba "La Boheme", la multitud invadió desde las butacas el escenario, interrumpió la obra y exigió que la orquesta tocara la Marcha Real. Pues Cataluña era la región más españolista de España...

#22 LuisAlb, ZGZ, 31/03/2019 - 12:07

El Día de la Hispanidad lo inventó un catalán, Federico Rahola Tremols, que fundó la Casa de América en Barcelona en 1911 y ese año celebró el primer día de la Hispanidad el 12 de octubre. A partir de ahí se extendió.Años antes escribió el libro "Sangre nueva" paradigma del neohispanismo.