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La Punteta · 25 d'Octubre de 2019. 10:23h.

JOSÉ GONZÁLEZ

Franco y Puigdemont se encuentran en el “First Dates”

Se ha llevado a cabo la exhumación del dictador Franco y su traslado de un mausoleo de estado a una tumba privada. Desde aquí nada que objetar ya que la situación previa no era propia de una democracia. Pero ya que se ha movido el asunto de la momia de Franco, qué mejor ocasión para relacionarlo con la deriva del secesionismo en Cataluña. Realmente, este último se mueve como una momia que va descontrolada y causando terror. Es momento para reseñar algunas infelices coincidencias entre el viejo franquismo y el nuevo secesionismo catalán. Me he propuesto explorarlas en un virtual “First Dates” que he imaginado entre Puigdemont y Franco. Solo espero que las diferencias de edad y de peinado no acaben rápidamente con la primera cita.

Dice Francisco, muy serio al ver a su compañero de mesa, que tuvo el No-Do y el “parte” de la primera cadena para publicitar su obra de gobierno. Cuenta también que tuvo un ministro de Información que le llevaba estos asuntos de la propaganda política. Carles, incómodo ante la imprevista cita, admite que él no tiene un ministro pero que tiene una tropa de  propagandistas a sueldo, entre ellos y el mejor su vicario Torra.  Admite también que tiene la TV3  -y no recuerda cuántos medios más regados con pasta gansa- para enredar a los adictos y a los incautos con milongas variadas en una república de plastilina en construcción.

Uno nos asaltaba desde la tele del comedor con los coros y danzas en el día de la juventud o en el día del trabajo. También nos colaba sus visitas para inaugurar pisos o pantanos por toda España. El otro y sus delegados, por otro lado, ahora nos inundan con las imágenes de las cansinas movidas “indepes” y con las coreografías callejeras de las últimas diadas. Ambos manifiestan su amor por las masas pero, ojo, solo si son de fieles aplaudidores. Primer punto de partido salvado: hay tema para charlar cuanto menos.

Seguimos en la mesa y  explica Franco que tenía las Cortes controladas con la selección de procuradores fieles y, además, se votaba y aprobaba lo que se ordenaba desde “El Pardo”. Por su parte, replica Puigdemont que en el Parlament catalán se vota democráticamente y que no hay selección previa de diputados. Acabado el primer vino, acaba admitiendo que su objetivo de gobierno no es votar leyes sino ir diciéndole a su delegado Torra cómo ha de liarla “parda”. He aquí otra feliz coincidencia: el gusto por el pardo y todo lo relativo. En este punto se oye de fondo “Love is in the air” en el plató de Bruselas donde se han reunido por exigencias del guión.

Más tarde, le dice Francisco que la calle era suya y que para eso tenía a su policía con la manga bien  ancha en todo momento. ¡Ah!, contesta Carles, yo no tengo esa policía política pero he descubierto que puedo enviar a la calle a miles de personas para ocuparla y hacerla mía. Sin embargo, tengo algún problemilla con mi truco y, al final, acabo por enviar a la policía a zurrar a los violentos que yo mismo movilicé. Franco, atónito, reconoce que eso está en un nivel superior al suyo.

Llegan los postres y Puigdemont se sincera: admite que es nacionalista y que cree, como Torra, en la existencia de una raza catalana, no sin antes matizar, a preguntas de Franco, que no se está refiriendo a la del burro autóctono. A Franco lo de la raza le conmueve y le entrega una cinta de vídeo VHS llena de polvo. Se trata de la película “Raza”  de la que confiesa haber escrito él mismo el argumento original. Puigdemont se pide una ratafía y se desata. Saca una guitarra y canta el “Que viva España” mientras besa la bandera española que le ofrece un camarero guasón.

Sin embargo y pese al show ofrecido, Carles termina por reconocerle a Francisco que, realmente, lo único que pretende es la independencia de Cataluña y, ya puestos, joder a la mitad de los catalanes y a España entera. Le explica que, al principio, decía que iba por las buenas pero ahora ya le da igual y no disimula. Franco masculla entre dientes un “este tipo pirado me supera”,  pide el helicóptero y se vuelve a su nueva tumba donde tan bien está para suerte de todos. Mientras tanto Puigdemont, guitarra en mano, va buscando entre las mesas del “First Dates” alguien más a quien soltarle su rollo.

Lo jodido es que el de la guitarra y sus (muchos) mariachis suponen ahora, justamente, el mismo peligro que tuvo Franco en su momento: el que se deriva de triunfar en un golpe de estado e imponerse sobre parte de la población. Se dice comúnmente que nada es solo lo que parece ser. De hecho, ahora reparo en que este mismo artículo se asemeja a una broma delirante pero no, no lo es.

 

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1 Comentaris

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#1 Adolfo Serna, Masquefa, 27/10/2019 - 01:16

Con este articulo tan genial como delirante (en su argumento) lo has clavado. Y lo triste, como tu mismo señalas, es que nos están abocando hacia un precipicio del que cada vez veo mas dificil escapar.