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La Punteta · 27 d'Abril de 2014. 18:14h.

XAVIER RIUS

Director d'e-notícies

García Márquez en el corazón

Como siempre fui un acomplejado con las mujeres les recitaba frases de García Márquez a ver si las enamoraba. Como el inicio de El amor en los tiempos del cólera: "Era inevitable: el olor de las almenadas amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados".

Aunque la que más me impresionaba, por su precisión periodística, era la de Crónica de una muerta anunciada. "El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo".

Me recordaba a un parlamentario catalán del PP, Josep Curto, que se levantaba a la misma hora que la víctima. A mediados de los noventa era flagelo de herejes y de Pujol. Y en los ambientes parlamentarios era conocido como lo Curto porque en sus discursos se traía consigo el acento del Ebro.

También es verdad que el resultado con este método fue más bien escaso, por no decir nulo. No recuerdo a ninguna que cayese rendida ante los encantos de García Márquez, aunque fuera a través de un servidor. Pero no por ello se desvaneció mi ilusión en que la fe derrumbara montañas.

Además, puestos a escoger mejor los comienzos de García Márquez que de Anna Karenina -"Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera"- porque, en esto caso, salían huyendo creyendo que lo mío era una proposición de matrimonio. O de Moby Dick -"Pueden ustedes llamarme Ismael"-: sólo de pronunciar la frase inicial se me aparecía el capitán Ahab o el grandote Queequeg y me echaba a temblar en el trance.

Aunque sospecho que el gran seductor de la literatura universal fue Franz Kafka. A pesar de la timidez y la tuberculosis. A lo tonto a lo tonto siempre tuvo una mujer a mano entre Felice Bauer, Julie Wohryzek, Milena Jesenska y Dora Diamant aunque alguna saliera corriendo y se casara con otro. Por mí que conocía el alma femenina porque, en casa, había vivido rodeado de mujeres y algo se le pegó. Al fin y al acabo se pasó la infancia entre hermanas: Elli, Vallie, Ottla. Todas, por cierto, se las acabaron cepillando los nazis.

Mejor, en todo caso, mejor atacar con García Márquez que con Clausewitz aunque hubo un tiempo en que el éxito con las mujeres se equiparaba a una conquista. Yo, con una timidez digna de Kafka, siempre me devané los sesos entre el ataque por los flancos o un largo asedio al que, finalmente, renunciaba por falta de constancia y voluntad.

Nunca me atreví con el ataque frontal. Y menos en los lugares más insospechados: la parada del autobús, la cola de la tienda de la esquina, el ascensor donde coincidía con la vecinita de arriba. Siempre fue un consuelo pensar que en La Regenta, la obra de Clarín, la declaración de amor no se produce hasta la página 949. Al menos en la edición de la Biblioteca Edaf de hace más de una década.

Por eso Gabo siempre me pareció un autoridad mundial en asuntos de amor, la más difícil de las asignaturas, aunque fuera hombre de mujer única y perpetua porque ni siquiera se le conocen enredos. Ya lo dice en el Cólera: "nada en este mundo era más difícil que el amor" (pág. 326). Al fin y al cabo es una forma de energía: "El amor correspondido le había dado una seguridad y una fuerza que no había conocido nunca" (pág 115).

La otra opción, que descarté pronto por lo pedante, era intentar impresionarlas con los clásicos como el Quijote, al menos hasta donde alcanza el perro:  "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor". 

Aunque, en este caso, hubiera preferido el Buscón de Quevedo: "Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios lo tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría de que lo llamasen así, diciendo que era tundidor de mejillas y sastre de barbas". Me temo que una metáfora, más bien una fotografía, de la España de entonces. Y me temo que de la de ahora.

Aún el pasado mes de febrero leí Del amor y otros demonios. Yo creo que, sin saberlo, era a modo de despedida. Además, descubrí luego que, en realidad, era una relectura. Pero, a veces, no tiene el mismo efecto una lectura que una relectura. Es como la gestación de una frase. Con frecuencia depende del estado de ánimo, la hora del día, la presión atmosférica, las condiciones climatológicas e incluso, para los que pueden, de la cantidad de cafeína en el cuerpo Como Balzac, que no podía pasar sin el café.

Tuvimos una inmensa suerte que García Márquez dejara a medias la carrera de letrado tras "dieciséis meses de supervivencia milagrosa" en la Universidad Nacional de Colombia como confiesa en sus memorias (pág. 321). La vida, sin duda, es más excitante que las leyes. Sospecho que el derecho no se perdió nada y, en cambio, salió ganando la literatura.

Aquí también tuvimos suerte que otro escritor ilustre, Josep Pla, acabó a trancas y a barrancas la licenciatura pero gracias a Dios no pisó nunca un juzgado. Y al menos le sirvió para escribir, cuarenta años después, su obra más personal: El cuaderno gris, ahora traducido incluso al inglés. Gracias a los dos por haberme hecho tan feliz.

 

Xavier Rius es director del digital catalán e-notícies


PD/ Este artículo esta dedicado a mi mujer, que ha tenido la paciencia de aguantarme todos estos años

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