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La Punteta · 4 de Març de 2020. 07:53h.

RAFAEL ELÍAS

La tercera en la frente

Este 2020 se celebra el año Beethoven, ya que se cumplen 250 de su nacimiento y es bueno recordar estas cosas, como ya sucedió en 1991 con el ducentésimo aniversario de la muerte de Mozart.

Nuestros amigos del Institut de Nova Història (acertada denominación) se han subido al carro y, en uno de los sesudos estudios a los que nos tienen acostumbrados, han concluido que el genio de Bonn era descendiente de catalanes -españoles se entiende también-. El tema apunta a la abuela, dicen, una tal señora Poll, piojo en castellano, que acabó alcoholizada en una clínica alemana, probablemente tras descubrir el significado de su apellido.

No abundan los retratos de Ludwig Poll Beethoven. El que más nos viene en mente es uno con media melena, amplia frente y mirada al infinito. Hay otros, no muchos más. Su figura es recordada vistiendo levita y sombrero de copa echado hacia atrás, y las manos cruzadas a la espalda. Pero lo que más llama la atención en todas las imágenes es su rostro, que muestra un semblante de permanente cabreo, cuya causa se desconoce, aunque se sospechan dos motivos: bien la sordera o bien el apellido heredado de la padrina.

Hace un par de días me acerqué al auditorio de Lérida, fenomenal recinto construido en memoria del pianista y compositor ilerdense Enrique Granados, Enric tras pasar la preceptiva normalización. En memoria de Beethoven daban su tercera sinfonía, mi favorita, interpretada además por una orquesta local, perfecto.

Primera alegría. Uno de los flautas lucía lazo amarillo en la solapa. ¡Bien! Con la emoción del evento había olvidado que los Yordis y resto de delincuentes siguen en el talego. Nunca está de más tener presente que la justicia funciona.

Entró el director. Breves aplausos que concluyeron en descolgadas palmas, y entre ellas acerté a discernir la presencia sonora de alguien o algo tras de mí, en la butaca de atrás, emitiendo un sinfín de ruidos inquietantes. Ora era una tos, ora era un gruñido. A veces iban acompañados de otros sonidos de inescrutable procedencia.

Con la excusa de hacerme un selfie, agarré el móvil, que aún no había empezado la obra, y traté de identificar al espécimen. Fui con tiento. Se trataba de una mujer de mediana edad, con el pelo corto y cano, que lucía no uno, sino dos lazos amarillos, uno en cada teta, y una chapa palspresus en un ojal de la blusa. Asimismo, advertí una estelada que le colgaba de una oreja. Seguían los ruidos.

Traté de abstraerme y me preparé para el inicio de la Heroica. Esta tercera sinfonía empieza con dos golpes orquestales, dos golpes muy fuertes que suelen cogerte por sorpresa. Es Beethoven, y no se está de hostias. O mejor, sí. Porque son como dos guantazos en el rostro, a palma abierta y del revés, en ambas mejillas, dos bofetadas que te sacuden de la butaca y te dejan temblando para el resto de la obra. Es Beethoven, amigo, y esto es la Heroica, la más alta cumbre en la Historia de la Música. Deseé con pasión que nuestra orquesta leridana dejara el listón bien alto, al nivel que Ludwig Poll merece.

Pues no. Dos golpecitos tímidos, sin fuerza, anoréxicos. Vaya. La rumiante de atrás sonaba más fuerte. El resto del movimiento, a un tempo más pausado que el que a mí me gusta. Decepción.

Sobre el segundo movimiento se han escrito ríos de tinta. Se ha llegado a decir que si Beethoven, en toda su carrera, sólo hubiese compuesto esa Marcha Fúnebre, ya merecería ocupar un lugar entre los más destacados creadores. Se trata de una de las experiencias auditivas más intensas que un hombre pueda llegar a soportar. Es el pico de la cima. Más allá, no hay nada.

Y aquí sí lo bordaron. Al ritmo de los ronquidos de mi vecina de atrás, fueron clavando cada nota, cada compás, cada lamento. Una maravilla.

El tercer movimiento supone un descanso en la profunda hondura de lo escuchado anteriormente. En este scherzo, Beethoven despliega la temática militar de la obra, que no olvidemos ab initio iba dedicada a Napoleón. Aires de desfile, estandartes y caballerías al compás de vientos y clarines. Exhibición de potencia física y toma de aire ante un final de batalla que se intuye épico.

Brilló aquí también la orquesta leridana y me dejó francamente ilusionado cara al cuarto y último movimiento, donde siempre me detengo en ese breve pero delicioso pasaje de flauta al alcanzar el minuto 3:50, más o menos y dependiendo del tempo que le haya otorgado el director, será más o será menos; me detengo, digo, en esa flauta travesera, ese cliché mozartiano, con trino incluido, esa despedida del clasicismo, que con toda su gloria y con inmensa pena languidece, pero también con toda la fuerza de una naturaleza ya entregada sin miedo a la locura del romanticismo.

Y llegó ese pasaje, y, ¡coño!, lo interpretaba mi amigo el de la flauta, cuyo lazo amarillo se despedía también de nuestra época, con nula gloria y sin más pena que los años de cárcel de sus recordados.

Al final hubo tres tandas de aplausos, que la gente andaba con prisas por ver el clásico. Me levanté y, no sé por qué lo hice -tal vez el síndrome del impostor-, miré fijamente a mi ruidosa vecina de atrás, ya despierta, y, con un gesto de complicidad, le dije:

“-¿Sabía usted que la abuela de Beethoven era catalana?”

Compungida, la mujer cerró los ojos y asintió. Nos abrazamos. Lloramos.

Al salir, ya en el solitario camino de vuelta a casa, divisé entre la bruma a un hombre que avanzaba en sentido contrario al mío. Un hombre que se agarraba las manos a la espalda. Iba ataviado con levita apolillada y sombrero de copa echado hacia atrás. En el momento de cruzarnos pude ver perfectamente su cara: tenía la frente amplia, iba mirando al infinito y parecía cabreado.

Más cabreado que nunca.

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1 Comentaris

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#1 pepe, andorra, 04/03/2020 - 17:01

si josep pla leyera este articulo, estaría orgulloso de usted.