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La Punteta · 18 de Maig de 2020. 08:31h.

LUIS CAMPO VIDAL

Escriptor

Mi país soñado

1ª Entrega (Introducción)

La noche del 22 al 23 de abril de 2020 tuve una pesadilla, un atribulado, pero por fin placentero sueño. El día siguiente era Sant Jordi, día en que tradicionalmente las calles se inundan de gente para celebrar la Fiesta del Libro.

Prácticamente todos los habitantes de Cataluña, también de Aragón cuyo patrón es San Jorge (San Chorche en aragonés), salen a las calles de sus ciudades y pueblos, compran un libro y una rosa para regalárselo a sus seres queridos y a sus amistades. Es una explosión de cultura y de cariño, una cita esperada cada año con alegría y con la ilusión por mostrar tu amor a los demás y también con la esperanza de sentirte querido.

Yo, y todos los ciudadanos sabíamos, antes de acostarnos la noche del 22, que aquella fiesta tan esperada no se iba a celebrar el día siguiente, y que pasaríamos el día de Sant Jordi confinados en casa, cada uno en la vivienda que le había tocado aislarse y con la compañía que había o no había elegido para compartir durante semanas un espacio físico acotado. Se había declarado una pandemia en todo el mundo que amenazaba la vida de todos. Todavía no se conocía el medicamento que pudiera frenarla, ni existía, ni se sabía cuándo se dispondría de él.

El virus seguía expandiéndose a gran velocidad, ya había infectado a más de 2 millones de personas en el mundo y matado a 185.000. Aunque todos sospechábamos que las estadísticas que publicaban los respectivos gobiernos y organizaciones mundiales de salud no eran ciertas, y que la realidad podría multiplicar por cantidades de uno o dos dígitos las cifras que cada día se publicaban.

Los que todavía no habíamos sido contagiados vivíamos temerosos de serlo, parapetados a la defensiva y sufriendo cada día al leer o escuchar unas noticias nunca alentadoras sobre la expansión de una enfermedad para la que de momento nadie, ningún país, ningún gobierno, ningún científico, ni ninguna gran empresa farmacéutica había encontrado antídoto. Nos sentíamos privados de nuestra libertad, encerrados en nuestros búnkeres a la espera de alguna buena noticia que parecía no querer llegar nunca. Nos desesperaba la indefinición de los plazos de vuelta a la normalidad, si es que regresaríamos alguna vez a aquella normalidad u a otra. 

Algunas familias habitaban en viviendas minúsculas y tenían que compartirlas con niños y abuelos. A veces, las relaciones familiares, si se les somete a ciertas condiciones de estrés guardan un paralelismo con un cocido cuando es hervido en una olla de presión.

Otros estaban peor, los enfermos, más de 200.000 casos declarados en España. Pero algunos muchísimo peor todavía, los muertos, más de 21.000 asesinados por el COVID-19, y sus doloridos familiares que habían sido testigos a distancia del calvario sufrido por sus seres queridos antes de morir.

Les habían despedido en las puertas del hospital sin posibilidad de acompañarlos ni un triste metro hasta la sala de urgencias, para después perderles de vista y tras unos días de aislamiento y sin apenas información sobre la evolución de su estado de salud. Por fin recibían una escueta llamada telefónica en la que se les anunciaba su defunción.

La misma mala suerte habían sufrido los ancianos cuyas familias, años atrás, decidieron ingresarlos en una residencia especializada en cuidados a la tercera edad, para que les atendieran mejor los últimos años de sus vidas. La idea era que, en su última etapa, disfrutasen de unas atenciones que no podían facilitarles diariamente sus familiares en casa, y los dejaron en manos de profesionales especializados en asistir a ancianos.

La relación presencial de estos ancianos con sus familias fue cortada de inmediato para evitar contagios en ambas direcciones, pero la alta tasa de mortalidad en algunas residencias puso de relieve que no se habían tomado las precauciones ni las medidas sanitarias necesarias. El resultado fue una escabechina de octogenarios, según la prensa de aquel día, más de 15.000 muertos de los 22.000 totales, el 68% de ellos en residencias especializadas para la tercera edad. La crisis había sido simétrica en su origen, nos llegó al mismo tiempo, pero asimétrica en sus consecuencias, tanto porque impactó con más intensidad en unos territorios que en otros, como porque se cebó con los de mayor edad.

La mayoría de los fallecidos en el cómputo global superaban los ochenta años. La sociedad española despedía de forma penosa y maleducada a una generación que había sufrido la guerra y la posguerra, que había levantado el país con su esfuerzo. Fueron mal pagados y humillados en su adiós definitivo. ¿Qué nos dirían si pudieran hablar ahora viendo este panorama?

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Esta novela se publicará por entregas, cada día un capítulo. A las 24 horas será sustituido por el siguiente.

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2 Comentaris

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#2 Juan Jose García, Cunit, 21/05/2020 - 16:20

Este capítulo,como los fusilamientos de Paracuellos,necesitará tiempo para que pueda ser puesto sobre la mesa.
Pero el tiempo,lo hará cada vez más moralmente inexplicable.Hay demasiados responsables.Con nombres.

#1 Pan con tomate y jamón Ibérico, Catalaunia quo vadis, 18/05/2020 - 13:38

Amén... lo ocurrido con los abuelos es vergonzoso... mas allá de la responsabilidad política de los inútiles al mando... El Mojamé en Barcelona y el coletas en Madrit, espero que la justícia actúe contra todos los responsables del desastre... Empresarios de residencias, políticos, familiares, etc...