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La Punteta · 26 de Juliol de 2019. 09:42h.

JOSÉ GONZÁLEZ

Pedro y Pablo se divorcian por no ir al Ikea

Tenían todo preparado para celebrar el bodorrio del verano. Su amor era virtuoso a fuer de necesario. El noviazgo fue a través de los medios pero en los primeros mensajes no faltaba el cariño que se dispensan los amantes que se están conociendo. De esa manera, con palabras, intentaban perfilar su mejor yo para encandilar al objeto de su deseo. Pero no ha funcionado esta vez. Veamos cómo se les rompió el amor pese a no usarlo.

Todo se torció cuando empezaron a pensar en los muebles, en cómo amueblar el pisito común. En las sillas, en las jodidas sillas para la cocina y para el comedor se les coló el diablo a los amantes del zigoto del gobierno para la colisión, que no de coalición ni de colaboración ni de doble acción. Al principio había pocas sillas y luego, de repente, hubo muchas y algunas sin patas ni respaldo. Al final, han acabado por lanzárselas mutuamente a la cabeza, entre reproches y miradas serias de desamor.

Ha quedado claro que Pedro y Pablo no se aguantan. Se ve en su lenguaje gestual y, aún más y mejor, se oye en el verbal. Es una lástima porque ese desencuentro se podía haber superado. De hecho, yo me imaginaba a los ministros podemitas vestidos con pantalón de pitillo de Emidio Tucci y camisa de leñador de Emilio El Tosqui. Y soñaba con ver a alguna ministra sanchista, como la portavoz Celaá, con camiseta del Che y algún arete en la nariz. Todo para agradar a los líderes y ser felices en la silla, en la maldita silla en la que se les sentó el Lucifer de la avaricia para joderles el pacto. Ahora resultará que Belcebú es también un facha de cuidado.

Recuerden ahora Los Picapiedra donde Pablo Marmol y Pedro Picapiedra eran unos amigos que no podían evitar liarla parda, casi tanto como el inefable Dino y los hijos de las dos parejas. Ahí las que ponían cordura eran Betty y Vilma. En este gobierno de colisiones iba a haber una Vilma (Irene Montero) para atemperar el cabreo cósmico de su Pablo que se veía fuera del gobierno. Había riesgo de que le salieran canas en la coleta antes de poder colar alguna rara medida de orientación bolivariana-galapagariana en el BOE.

Ahí Pedro estuvo rápido y torero y le vetó para el Consejo de Ministros, cortándole el paso y la coleta. Para compensar invitó a Vilma a la silla de la llamada vicepresidencia social para calmar berrinches familiares. Betty (Begoña), por su lado, seguiría satisfecha en su carguito de consorte responsable de no sé qué historias de cooperación con África, consigo misma y de ayuda al vuelo del Falcon. Y ustedes disculpen si no me acuerdo bien de los cargos de ambas.

Yo tengo para mí que todo esto ha pasado por no ir al Ikea donde hay sillas para aburrir y son baratas. Lo que no saldrá barato es el cachondeo de negociación con la que han exhibido todas las miserias de su propia casta política (Podemos incluido por supuesto y ya con nota). Los nuevos Picapiedra han pasado con estrépito por un Parlamento convertido en cantera de Rocadura para lanzarse pedradas por un quítame allá esas sillas. Así, al paleolítico estilo negociador que han acreditado los dos amiguetes de ocasión con todo el personal viendo el espectáculo en directo. En septiembre, más capítulos de Los Picapiedra de la Moncloa con nuevos silletazos.

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