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La Punteta · 13 de Gener de 2021. 09:44h.

BERNARDO FERNÁNDEZ

Bernardo Fernández

Piedras de papel

Las noticias que llegan de EE.UU, en el final del mandato presidencial de Donald Trump, por un lado y la incerteza que genera la situación pandémica de la Covid-19, por otro, hacen que vivamos momentos de fuerte convulsión política y social. En este contexto, me parece oportuno hacer una reflexión sobre el recorrido que, como sociedad en términos políticos, hemos hecho hasta ahora, y el que desde ahora deberíamos hacer.

En sus orígenes la izquierda despreció la democracia liberal, pues entendía que era el instrumento mediante el cual la burguesía se había librado del absolutismo y utilizaba para explotar a la clase trabajadora. De ahí que, en el caso concreto de España, la izquierda no quisiera repúblicas burguesas, sino revoluciones obreras que instauraran dictaduras proletarias; es decir, despojar a capitalistas y burgueses de los medios de producción y ponerlos en manos da la clase trabajadora. Sin embargo, en algún momento del trayecto, algunos comprendieron que si la democracia proporcionaba el gobierno y la clase obrera era más numerosa que las clases acomodadas, las urnas podían generar la revolución, porque podrían ser el aliado para conseguir el poder. De ahí que el politólogo, Adam Pizeworski, nacido en Varsovia en 1.940, acuñara el concepto “piedras de papel”.

Simplificando mucho, podemos decir que, la socialdemocracia es una síntesis entre capital y trabajo: redistribuir la renta y generar oportunidades en un marco político y económico de carácter liberal. Los socialdemócratas ganaban elecciones, pero a cambio tenían que aceptar la economía de mercado y el sistema de derechos de propiedad, consustancial a la democracia liberal, algo que hoy todavía divide a la izquierda.

A pesar del tiempo transcurrido, el núcleo duro del proyecto político socialdemócrata no ha sufrido variaciones sustanciales, como tampoco lo ha hecho su posición en el tablero político. A la derecha están los que creen en el mercado y no en el Estado, porque en su opinión el primero redistribuye de forma más eficaz. Por lo tanto, no tienen problema con la desigualdad puesto que para ellos es algo que hay que aceptar como natural. Por eso, piensan que el Estado de bienestar es un anacronismo a desmantelar para favorecer la competitividad. Para conservadores y liberales no solo hay que adelgazar el Estado tanto como sea posible, sino que hay que limitar los derechos sociales y aligerar el concepto mismo de democracia, esto es: sustraer de la acción política áreas cada vez más amplias e importantes, como la política monetaria o la fiscal y ponerlas en manos de tecnócratas, en teoría, lejos del mundo de los políticos, de esa forma se reduciría el poder transformador de las “piedras de papel”.

Al otro lado de la socialdemocracia se siguen situando los que piensan que la libertad de mercado es incompatible con el progreso social. La crisis financiera de 2008 revigorizó a la vieja izquierda que, aunque ha reaparecido con novedosas herramientas de comunicación, no ha dejado de plantear las recetas trasnochadas de siempre: nacionalización de sectores estratégicos, redistribución desligada de la producción y, en muchos casos, aislamiento económico internacional. Sin explicitarlo claramente, consideran necesario desmantelar el orden político y económico liberal que conciben como algo perverso y el origen de todos los males que nos afectan.

Pues bien, entre esas dos fuerzas antagónicas sigue estando la socialdemocracia. Pese a los cambios y evolución a lo largo del tiempo, el proyecto socialdemócrata continúa convocando a los que aspiran a la igualdad sin renunciar a la libertad y a todo aquellos que después de los desastres socio-políticos del siglo XX y principios del XXI, se han convencido de que la economía de mercado es imprescindible para generar riqueza y poder redistribuir.

Ante esta situación, se hace difícil entender las dificultades electorales que desde hace un par de décadas viene cosechando la socialdemocracia. Para algunos la explicación está en que los mercados han sabido burlar la regulación que los socialdemócratas quisieron imponer en la segunda mitad del siglo pasado. En cambio otros apuntan que la socialdemocracia ha muerto de éxito al lograr, mediante una mezcla de liberalismo económico y políticas sociales, convertir a una parte sustancial de aquellos trabajadores desposeídos que eran su base electoral en las nuevas clases medias proletarias que han evolucionado hacia el conservadurismo.

Por otra parte, los movimientos rupturistas han alcanzado buenas dosis de adeptos, aunque se ha demostrado que no tienen soluciones, es el caso de Donald Trump, ya en caída libre, pero no el trumpismo al que aún le queda un largo recorrido. Lo mismo se podría decir de movimientos nacional-populistas que anidan entre nosotros.

Muchos, entre los que me incluyo, pensábamos que con el crack de 2008 había llegado el momento de la socialdemocracia. No fue así.  No obstante, en un mundo cada vez más interdependiente, solo un proyecto modernizador y reformista puede dar respuesta, en sociedades avanzadas y complejas a los múltiples problemas que tenemos planteados.

Pero para que eso sea posible, es necesario que esgrimamos argumentos serios y hagamos diagnósticos rigurosos de cada situación, evitando eslóganes fáciles que pueden confundirse con populistas. Las propuestas reformistas acabarán abriéndose paso si se hace de manera seria y responsable. Al final, la lógica y el sentido común siempre acaban imponiéndose.   

 

 

Bernardo Fernández

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