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La Punteta · 14 de Novembre de 2019. 12:54h.

JOSÉ GONZÁLEZ

¿Qué puede ir mal en Moncloa si hay talento nacionalista catalán?

Recuerdan la que se lio hace un tiempo cuando un ministro de Educación dijo aquella frase, mal expresada y peor explicada, de que “había que españolizar a los niños catalanes”.  La idea no prosperó y creó un fuerte movimiento de rechazo entre el nacionalismo catalán. Se entendió que era un ataque a las competencias autonómicas en educación y al modelo de inmersión lingüística, si bien quedó como una vaga pretensión sin más recorrido. Ya puestos, quizás hubiera sido mejor batallar por el objetivo de que se diera un mínimo de un 25% en español de las enseñanzas obligatorias, si los padres de un alumno así lo solicitasen. Se trataría de dar 1-2 asignaturas además de lengua castellana y su literatura pero, al final, todo lo que hay es la “inmersión” en catalán. Y queda lo de pleitar y sufrir si se lucha contra ello. Cito aquel barullo porque estos días parece que vuelve la moneda del revés a La Moncloa. El nuevo remedio es el de “cataluñizar” España.

¿Han visto cuánto talentoso nacionalista catalán se ha apuntado al esbozo de gobierno de Pedro Pablo Murphy? Lo de Murphy le viene al pelo por aquello de la ley que va a imperar en el caso de que cuaje tan abigarrada mezcla como la que se pretende hacer. El talento sin parangón de políticos como Asens y Pisarello -neonacionalistas camuflados de izquierdistas- se puede sumar al de otros que han reconocido no ya su amor por España, sino que le muestran diariamente el respeto debido a sus leyes y a los usos democráticos. Será el caso de un eventual apoyo, o abstención eficaz, para Sánchez de Esquerra (el talento natural de Rufián) y/o de Junts per Cat con cualquiera de sus también muchos talentosos políticos. Entonces sí que nos echaremos unas risas que mudarán en llantos a las primeras de cambio. Y si se se suman otros nacionalistas periféricos, habrá fiesta de vampiros hasta el amanecer. Sánchez habrá de domesticar a los dráculas o morirá políticamente en el empeño. Vamos, que morirá.

Nada podrá salir bien en Moncloa porque, de hecho, nadie saldría vivo de ese quilombo. Se le ha llamado también gobierno Frankenstein. No es justo porque el pobre monstruo intentaba hacerlo bien aunque era un “zarpas” que la liaba sin pretenderlo. No le presumo esa bondad torpe al engendro de gobierno que diseña Sánchez. Pretende sumar a los socialistas españoles (subrayo esto último) con toda suerte de formaciones políticas que entre sus objetivos tienen el de demoler la España moderna. Ojo al dato: hay 125 diputados que, de uno u otro modo, están en esa mala misión de derribar la España constitucional. No es poco, es más de un 35% de la cámara baja. Con esa realidad hay que lidiar y se supone que enfrente hay otros 225 electos que harán frente eficazmente, esto último solo se supone,  a esos desafíos.

Párrafo aparte se han ganado los podemitas que aspiraban a ganar los cielos y se van a quedar en el suelo. Pero con cochecito lere, moqueta y sillón, oiga usted señor Sánchez que me ponga cuarto y mitad de ministros. Resulta chusco ver estos días sus caritas de felicidad beatífica y pensar en todo lo que han largado sobre la Constitución, el terrorismo, las fuerzas de seguridad, la justicia, el sistema económico, etc. En otros tiempos a esto se le llamaba falta de vergüenza. Ahora igual dirán que es geometría variable o alguna expresión similar para consumo de lelos. El combo de los futuros ministros del gobierno actuará en diferentes salas para diferentes públicos. Será chulo asistir a esos conciertos que irán de cantada en cantada y donde se oirán bises sin que el público los pida.

Si se constituye ese gobierno tiraré del palabro de Murphystein para intentar acotar sus dos perfiles, el de (la ley de) Murphy y el de Frankenstein.  Que nadie se exclame pues esa opción tendrá tanta legitimidad democrática como una genética inviable. No creo que en ninguna casa de apuestas nadie se rife un dólar por ese gobierno. Nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio, cantaba Serrat. En este asunto no es que no haya remedio. Es aún peor. Resulta ser que no hay alternativa real a ese experimento que se cocina estos días porque, tristemente, los dirigentes del PSOE y del PP (singularmente los primeros) no son capaces de ver que la mejor versión, al menos conocida hasta hoy, de España está en fase de derribo. ¿Quo vadis, Murphystein?

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