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La Punteta · 15 de Gener de 2020. 10:54h.

ROBERTO A. LARRAÑAGA

Vacío en el Congreso

La investidura de Pedro Sánchez no ha dejado indiferente a nadie. Algunos la ansiaban hasta las lágrimas, mientras otros esperaban que algún socialista o turolense la impidiera a último momento. Ha causado mucho ruido, ha levantado pasiones a diestra y siniestra, y ha polarizado no sólo el Congreso, sino también la opinión pública entera. En cualquier caso, hoy ya es un hecho consumado y, a pesar de la fragilidad parlamentaria del gobierno, conviene tratar de dilucidar en qué consiste el nuevo panorama que se vislumbra en la política española.

 

Algunos dan por muerto el régimen del 78. Quizás sea un poco precipitado llegar a esa conclusión, pero no es una exageración: una cosa son las instituciones del Estado, y otra los acuerdos tácitos, los consensos básicos –no necesariamente escritos– de un sistema político. Las primeras probablemente sobrevivirán, pero los segundos hace tiempo sufren una fuerte erosión. Ha habido una ruptura. Para empezar, asistimos a la llegada al poder de una nueva generación: los dirigentes de las fuerzas políticas poco tienen que ver con aquellos que fraguaron los consensos constitucionales. Y una consecuencia, nada menor para este arreglo político, es que los dos grandes bastiones del orden constitucional de las últimas décadas, el PSOE y el PP, hoy se dan la espalda. Esta situación en realidad no es sino un eco de la crisis que hace más de una década sacudió los cimientos del bipartidismo (los nuevos partidos, el procés, etcétera).

 

Desde hace décadas el eje derecha-izquierda es insuficiente para explicar la política española. A este hay que añadir otro: constitucionalismo-rupturismo. En un inicio en el polo rupturista estuvieron los nostálgicos del régimen franquista, pero hace tiempo quienes se oponen al orden constitucional vigente son sobre todo los partidos de los nacionalismos periféricos y, recientemente, una izquierda histérica que ha hecho suyo el relato de parte del secesionismo.

 

Con la llegada de la nueva generación ha llegado también una esperpéntica confusión de ejes: para no pocos defender la Constitución del 78 equivale a ser de derechas (o “facha”, esa palabrita que ya no quiere decir nada y que solo exhibe la idiotez de quien la usa). En cambio, simpatizar con los nacionalismos vasco o catalán –en cualquiera de sus formas– significa compartir con ellos un aura progresista (otra cáscara carente de contenido). Esto último, a pesar de la defensa del privilegio, los ataques a la igualdad entre ciudadanos, los desplantes reaccionarios y supremacistas, e incluso cierto racismo desvergonzado por parte de los mencionados nacionalismos.

 

Volviendo a los dos ejes, aunque sea por claridad analítica, podríamos clasificar las fuerzas políticas del arco parlamentario de la siguiente manera. En la derecha constitucionalista se encuentran el PP y Ciudadanos. Este último partido nació para estar en el centro del eje izquierda-derecha y en el extremo constitucionalista, y esta situación implicaba necesariamente cierta ambigüedad que permitiera pactar siempre y cuando no saliera vulnerado el régimen. Sin embargo, bien se sabe que Ciudadanos tuvo un giro neoliberal y aspiró a convertirse en el nuevo PP, un error que resultó en una catástrofe. En cuanto a Vox, su clasificación es un poco más problemática, ya que tiene un discurso que se asemeja al de la extrema derecha, pero no termina de serlo, y tengo reparos para clasificarlo como partido constitucionalista, a pesar de su marcada hostilidad para con los principales adversarios de la Constitución.

 

En el cuadro de la derecha rupturista puede incluirse al PNV a pesar de su discurso moderado y su posibilismo. Es el principal administrador del privilegio y defensor de la desigualdad entre la “nación foral” y los españolitos inferiores. Es un partido de derechas a pesar de una retórica socialdemócrata cuando le conviene, y es rupturista a pesar de ser el gran beneficiario del régimen del 78, pues nunca ha renunciado a seguir construyendo la Euskadi sabiniana, reaccionaria, pura, de hegemonía nacionalista. Aquí también entra el nacionalismo catalán de derechas (JuntsxCat, PDeCat, los irredentos CDR, etcétera), dirigido por un ¿ex? presidente de la Generalitat abiertamente racista. Quizás también podría incluirse en este cuadro a algunos sectores de Vox: aquellos más hostiles al régimen, a la organización en comunidades autónomas, los que ansiarían un hombre fuerte que pusiera algo de orden.

 

Yo no sé si ERC, el BNG y la izquierda abertzale puedan considerarse de izquierdas, no sólo porque a veces han pactado escandalosos recortes sociales, sino porque fuera de defender la igualdad (valor supremo de la izquierda), son, sobre todo, partidos de exaltación de la etnia, de la particularidad, no de la solidaridad entre trabajadores. Pero los pondremos en la izquierda rupturista porque se consideran a sí mismos partidos de izquierdas y para no confundirlos con los demás partidos nacionalistas. En esta categoría entra también, sin duda, Podemos: aspira a ser la verdadera izquierda, aquella que no se anda con medias tintas y que defiende la recuperación de derechos que la crisis se llevó por delante. Y sin embargo también es rupturista: ve en el régimen del 78 una especie de tardofranquismo, una transición inacabada. La transición es un pacto entre izquierda y derecha, y por eso mismo es algo repudiable para Podemos; lo que le importa es el triunfo absoluto de la izquierda de etiqueta. Y ha adoptado como aliados a los nacionalistas, sacrificando la igualdad entre ciudadanos.

 

La izquierda constitucionalista la ocupaba el PSOE, uno de los grandes forjadores del régimen del 78. Ya no. El sanchismo ha pasado las líneas rojas que en campaña había prometido respetar. El entendimiento básico con el otro gran sector constitucionalista es ya inexistente. Sánchez quiso experimentar y acabó en la cama con los nacionalistas hostiles a la Constitución (sobra decir quién se impuso a quién). También es una izquierda decorativa: todo es sentimentalismo, estulticia al estilo de Adriana Lastra, respeto a la diferencia, a la emoción, a la identidad... Con lo cual, la izquierda constitucionalista hoy no tiene representación en el Congreso: tienen una oportunidad quienes quieran crear un partido leal al arreglo de la transición y que lleve un programa anti neoliberal centrado en políticas públicas que se ocupen de la igualdad.

 

Termino: en un momento en el que era necesario un consenso para defender el sistema surgido de la transición ante los ataques rupturistas, parte del bloque constitucionalista ha preferido crear un gobierno progresista que se defina por su hostilidad hacia la derecha “facha” (es decir, un gobierno carente de perfil propio). Por supuesto, no será un gobierno progresista ni igualitarista, se cederá bastante a los nacionalistas de derecha y de izquierda, y quien saldrá perjudicada será la Constitución, no “las derechas”. Si el gobierno cae pronto y vamos a otras elecciones, veremos si al PSOE le queda algún votante.

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